Hoy dirigiremos nuestra mirada a otro aspecto fundamental de la vida cristiana que es el vivir en comunión.
Empezaré por decir que como seres humanos fuimos hechos para vivir en relación con todo: Con la naturaleza, con otras personas, con Dios y consigo mismo. Pero, como bien sabemos, hay buenas relaciones y malas relaciones, hay relaciones saludables y relaciones enfermas, hay relaciones fuertes y relaciones débiles, hay relaciones armónicas y relaciones rotas. Cuando hablamos de comunión hablamos de relaciones buenas, saludables, fuertes y armónicas. Y sólo el que ha aprendido a vivir en comunión puede decir que se siente bien y contento.
Sabemos que el mundo de las relaciones es como una cruz que cuando apunta para arriba se refiere a la comunión con Dios, cuando apunta para los lados se refiere a la comunión con los demás, cuando apunta para abajo se refiere a la naturaleza y cuando apunta hacia el centro se refiere a si mismo. También sabemos que no es posible tener una buena relación con alguno de los vértices si se encuentra mal con otras. Me explico: no es posible estar bien con mi familia si yo tengo conflictos interiores que me producen rupturas y amargura, ya que esto de alguna manera se refleja en mi relación con los demás y hace que esa relación se dañe.
Hoy nuestro tema nos invita a reflexionar en la importancia de saber vivir en comunión con toda la realidad, incluyéndome a mí mismo.
El Papa Juan Pablo II nos ha señalado un itinerario espiritual que nos ayuda a vivir en profunda comunión. Este itinerario tiene cuatro pasos que hay que caminar y que requieren nuestro empeño y dedicación diarios para ir consiguiendo vivir en comunión cada día más y mejor.
El primer paso consiste en dedicarte a descubrir a Dios dentro de ti y en los demás. Quiero insistir que cada paso requiere de nuestro empeño, paciencia y perseverancia. Implica lucha, esfuerzo, dedicación y mucha fuerza de voluntad. No es posible lograr algo tan grande con ligereza y superficialidad.
Dedícate a descubrir a Dios dentro de ti: Echa una mirada a tu corazón y descubre que allí esta Dios. ¡Sí, allí está Dios! ¿Te sorprende? Pues entonces escucha los siguientes textos de la Sagrada Escritura:
En primera de Corintios 7, 15 dice: "¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?"
Y más adelante, en los versículos 19 y 20, dice también: "¿O es que no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que habita en ustedes? Ya no se pertenecen a ustedes mismos, porque han sido comprados ¡Y a qué precio! Den, pues, gloria a Dios con su cuerpo" y bien sabemos que dónde está Jesús está también el Padre, ya que el mismo dijo en Jn 14,23: l que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él".
Pero para poder descubrir la presencia poderosa del Padre, con toda su misericordia y ternura, la presencia viva de Jesús con toda su fuerza salvadora, la presencia amorosa del Espíritu Santo con toda su luz y su santidad, es necesario dedicar tiempo especial para esto. Es necesario hacer oración mental y profunda; es necesario escudriñar con perseverancia las Sagradas Escrituras. Es necesario acudir con frecuencia a la Confesión y a la Santa Misa.
Pero complementariamente hemos de darnos a la tarea de aumentar nuestra sensibilidad para descubrir en cada momento y en cada circunstancia (incluso en las circunstancias adversas) el rostro de Dios en cada uno de los seres humanos con los que nos encontremos en el diario vivir y en ellos amar a Jesucristo de modo concreto (cfr. Mt 25, 31-46). De otra manera corremos el riesgo de falsear nuestra búsqueda de Dios. Al respecto vale la pena leer 1Jn 3, 11-17 que, entre otras cosas, nos enseña que si vemos a nuestro hermano en necesidad y no nos apiadamos de él, el amor de Dios no puede permanecer en nuestros corazones. Si no estoy dispuesto a encontrar a Dios en los demás, nunca lo encontraré dentro de mi corazón; pero si no busco a Dios en mi corazón no puedo mirarlo en el rostro de los demás. Como vemos esta es una tarea complementaria, ardua sí, pero muy hermosa y llena de satisfacciones.
Un segundo paso consiste en descubrir que cada ser humano me pertenece, es decir que ningún ser humano me es ajeno, si no caeríamos en la misma actitud que Dios reprobó a Caín cuando le preguntó sobre su hermano y él respondió: "no lo sé; ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Gn 4, 11). Por supuesto que Dios nos ha constituido en "guardianes de nuestros hermanos"; es decir, Dios espera que yo me interese en apoyar decididamente a cada persona con la que me encuentro, especialmente cuando ésta tiene necesidad, ya que es mi hermano, ya que él y yo somos hijos del mismo Padre, que es Dios y por lo tanto me pertenece, nos pertenecemos, pertenecemos a una misma familia, la familia de Dios.
Un tercer paso consiste en descubrir que cada hermano es un regalo de Dios y esto quiere decir que tengo frente a mí la tarea de aprender a no despreciar a nadie ya que cada ser humano ha salido de las manos del Señor, cada ser humano es un don de Dios que posee una inmensa riqueza y que fue puesto a mi lado por el Señor para que mutuamente nos enriqueciéramos con los dones que cada uno poseemos y que Dios nos dio. Y si cada hermano es un don de Dios, entonces yo tengo el deber de cuidarlo, de respetarlo, de admirarlo, de aprender de él, de enriquecerme con su persona y compartir con él mi propia riqueza.
Por último, es de suma importancia tener profundamente arraigado la misión que Dios me da de llevar con gusto y diligencia la carga de los demás; es de suma importancia vivir en un profundo espíritu solidario que rompa con todo mi egoísmo y mi indiferencia, los cuales no me permiten levantarme de mi comodidad para enfrentarme con las dificultades propias de quien busca decididamente ayudar a los demás, especialmente a quienes lo necesitan y no tienen nada con que pagarme: los enfermos, los pobres, los presos, los ancianos, los niños de la calle, los que no tienen casa, los tristes y los que viven solos, entre muchos otros. Y no se trata sólo de ayuda asistencial, sino de colaborar para que estas personas tengan todo lo necesario para vivir dignamente como Dios lo desea. Esta es una tarea que cada uno debe de hacer de acuerdo a sus propios talentos y posibilidades, sin poner pretexto alguno que le impida llevar a cabo tan delicada e importante misión.
Ya estaremos comprendiendo que lo anterior no es una tarea fácil, pero vivir en comunión es un compromiso primordial si queremos salvarnos, si queremos ser felices. Nuevamente es importante recordar que la felicidad se alcanza en la fidelidad y no en la facilidad; y vivir en comunión significa vivir en fidelidad a Dios, a mis hermanos, a la naturaleza y a mí mismo.