CUANDO ALGUIEN TE FALLA
Empezamos a dudar de todo y de todos, nos volvemos desconfiados: si la que creímos una gran amistad se ha derrumbado, ¿qué podríamos esperar en cualquier otra circunstancia? Llega a tanto nuestra decepción que todo lo que nos rodea va a parecernos relativo y le damos mayor crédito a la vanidad, pues creemos que todo está vacío, todo es vano.
Algunos podemos inclusive llegar a sentirnos realmente enojados, ofendidos, humillados y el daño se magnifica.
Sin embargo, como cristianos debemos pedir la gracia de ampliar nuestra perspectiva, pues nuestra visión de las personas y de los acontecimientos es a veces tan limitada, que vemos fallas, traiciones y conflictos donde no los hay. Pero en el caso de que los hubiere, vale recordar que todos somos falibles, limitados y estamos propensos a equivocarnos.
Por eso, aunque alguien nos falle, sigamos creyendo en la amistad sincera, porque Dios aún siembra su amor en la personas y en muchas de ellas florece. Pidámosle que lo siembre en nosotros, que lo haga florecer y dar frutos de perdón.
Aun cuando creamos que alguien nos traicionó, sigamos dando lo mejor de nosotros a las personas que tenemos cercanas y nunca paguemos con la misma moneda. La Palabra de Dios nos dice que el mal se vence a fuerza de bien.
Más todavía: Si sentimos que nos han fallado, hagamos todo lo posible para no fallar nunca. Pues si fallamos, si traicionamos, perdemos nuestra integridad y caemos en los errores que más detestamos. Nos ponemos al nivel de quien creemos que nos falló.
Si nos han desilusionado, seamos más rectos, para no cometer el mismo error. Si nos han humillado, ofrezcamos a Dios esa situación para que sea Él quien la juzgue, pero no envenenemos nuestro corazón con el deseo de hacer lo que nosotros creemos justicia.
Sin importar los errores que otros hayan cometido, no nos volvamos insensibles ante las personas que siguen confiando en nosotros. Ellas no tienen la culpa de cómo nos sentimos y, además, tratándolas bien llegaremos nosotros a sentirnos bien otra vez. A pesar de todas las fallas o supuestas traiciones que experimentemos de otros, sigamos haciendo el bien, sigamos creyendo y confiando, sigamos ofreciendo lo mejor que tengamos y ante todo, dejemos el juicio en las manos de Dios.
Nosotros no debemos juzgar, ni estamos capacitados para hacerlo, pues nada sabemos realmente de las personas que pretendemos juzgar. Si nada sabemos, entonces no hay elementos para el juicio.
La vida es hermosa y tenemos la oportunidad de seguirla viviendo en amistad, confianza y amor. Sigamos nuestro camino sin ver las fallas de los demás como obstáculos para que podamos avanzar hacia lo trascendente.
La lección es sencilla, pero contundente: No cometamos los mismos errores que los demás hayan cometido contra nosotros.

