Pocas veces somos ofendidos; muchas veces nos sentimos ofendidos. Por eso, la vía inteligente es la del perdón. Perdonar es abandonar o eliminar de nuestro corazón todo sentimiento adverso contra el hermano.
¿Quién sufre? ¿El que odia o el que es odiado?
El que es odiado vive feliz, generalmente, en su mundo.
El que cultiva el rencor se parece a aquél que toma una brasa ardiente o al que atiza una llama. Pareciera que la llama quemara al enemigo; pero no, se quema el que la trae prendida en la mano. Así mismo, el resentimiento sólo destruye al resentido.
Lamentablemente, el amor propio es ciego y suicida: prefiere la dudosa satisfacción de la venganza al seguro alivio del perdón.
Créanlo: es locura odiar; es como almacenar veneno en las entrañas. Por esa razón el individuo rencoroso vive en una eterna agonía.
Por otra parte, prueben y comprobarán que no hay en el mundo fruta más sabrosa que la sensación de descanso y alivio que se siente al perdonar, así como no hay fatiga más desagradable que aquella producida por el rencor.
Es claro, pues, que vale la pena perdonar, aunque sea sólo por interés, ya que no hay terapia más liberadora que la del perdón.
Además no es necesario pedir perdón o perdonar con palabras. Muchas veces basta un saludo cordial, una mirada benevolente, una aproximación discreta, una conversación amable: Son estos los mejores signos de perdón.
A veces sucede que la gente perdona, pero después de un tiempo, renace la aversión. No se asusten: Una herida profunda necesita muchas curaciones. Vuelvan a perdonar una y otra vez hasta que la herida quede curada por completo. Jesús nos enseñó que debemos perdonar, no sólo siete, sino ¡hasta setenta veces siete!