En nuestro tiempo, el dinero se ha convertido para muchos en un dios terriblemente poderoso y malvado. Mueve todo; compra todo lo que no vale la pena. Determina el valor que se da a las personas, moviéndonos a calificarlas por lo que tienen y no por lo que se son. Es el padre de la avaricia, provoca discusiones entre los esposos. Cimbra la frágil fe de algunos que se dicen creyentes, aquellos que presumen de tener al Señor en el centro de sus vidas, pero mienten, pues lo que encabeza su lista de prioridades es el afán de tener, de poseer dinero. Tal vez sea una buena idea, de manera sencilla, dimensionar con realismo y visión de fe, la real importancia del dinero y lo que verdaderamente puede comprar.
- La cama, pero NO el sueño.
- La cama, pero NO el sueño.
- La comida, pero NO la digestión.
- El libro, pero NO la inteligencia.
- El lujo, pero NO la belleza.
- Una casa, pero NO un hogar.
- El remedio, pero NO la salud.
- La convivencia, pero NO el amor.
- La diversión, pero NO la felicidad.
- El crucifijo, pero NO la fe.
- Un lugar en el cementerio, pero No el cielo.
Por eso, preocúpate primero por las cosas de Dios...En respuesta, el no siempre te dará todo lo que pidas, ¡pero siempre te dará todo lo que necesites!