El diálogo que leeremos enseguida retrata una situación común entre el hombre y Dios: La de no buscarlo, sino esperar a que nos encuentre; la de aceptarlo a medias, porque nos hace falta su amor, pero no queremos pertenecerle; la de anhelar las inmensas maravillas que nos ofrece, pero sin nosotros renunciar a la tentación mundana; la de desear abrirle nuestro corazón, pero reclamando el mayor espacio posible para nosotros.
El Padre llama a mi puerta buscando un hogar para su Hijo:
- El alquiler es barato, de verdad -, le digo.
- No quiero alquilarlo; quiero comprarlo - me dice Dios.
- No sé si querré venderlo, pero puedes entrar y echarle un vistazo.
- Sí, voy a verlo -, dice Dios.
- Te podría dejar una o dos habitaciones... - me atrevo a decir.
- Me gusta - dice Dios -. Voy a tomar las dos. Quizá decidas algún día darme más. Yo puedo esperar.
- Me gustaría dejarte más, pero me resulta algo difícil; necesito cierto espacio para mi -, le comento.
- Me hago cargo - dice Dios -, pero aguardaré. Lo que he visto me gusta.
- Bueno, quizá inclusive te pueda dejar otra habitación. En realidad, yo no necesito tanto.
- Gracias - dice Dios -. La tomo. Me gusta lo que he visto.
- De verdad me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis dudas.
- Piénsalo - dice Dios -. Yo no te dejaría fuera. Tu casa sería mía y mi hijo viviría en ella. Pero tú tendrías más espacio del que has tenido nunca.
- No entiendo lo que me estás diciendo.
- Ya lo sé - dice Dios -, pero no puedo explicártelo. Tendrás que descubrirlo por tu cuenta. Y esto sólo puede suceder si le dejas a Él toda la casa.
- Un poco arriesgado, ¿no te parece? -, respondo.
- Así es - dice Dio s-, pero ponme a prueba.
- Me lo pensaré. Me pondré en contacto contigo.
- Ya sabes: yo puedo esperar - dice Dios -. Lo que he visto me gusta...