Sucedió que un viejo comerciante sintió la muerte cerca. Entonces mandó llamar a sus diez hijos y les dijo:
- Hijos míos, no tardaré en morir. Por eso he dividido mi fortuna en diez partes iguales, una para cada uno de vosotros. Pero mi hermoso palacio quiero que pase a aquel de vosotros que demuestre ser mi hijo más digno.
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Y dicho esto el anciano falleció. Sus hijos se disputaron el palacio; cada uno de ellos se consideraba más digno que sus hermanos. Y como no llegaban a ningún acuerdo acudieron al juez para que pusiese paz entre ellos.
El juez, tras oír su caso y meditar largo rato, dijo:
- La única forma de saber a quién vuestro padre considera su hijo más digno es preguntárselo a él. Tendréis que ir a su tumba y golpearla con los bastones hasta que vuestro padre hable y designe al elegido.
Los hermanos salieron corriendo de la sala blandiendo sus bastones, impacientes por cumplir la sentencia. Sólo uno se quedó rezagado y se dirigió cabizbajo hacia su casa. El juez, que salió detrás de los litigantes, le siguió y le detuvo:
- ¿Por qué no vas con tus hermanos?
- Prefiero quedarme sin el palacio antes que perturbar la paz de mi padre en su tumba.
- Tú eres el hijo más digno exclamó el juez- y tuyo será el palacio de tu padre.