Reflexiones
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En aquel tiempo yo pensaba que era una persona con éxito. Después de todo, poseía el 50% de un negocio muy exitoso. Tenía un doctorado. Estaba casado y tenía tres hijos.

Estaba convencido de que había hecho todo esto por mi propia capacidad y con mi sabiduría. Parecía como si yo pudiese lograr cualquier cosa si solamente ponía en ello mi mejor esfuerzo. Mi conocimiento y la fortaleza de mi voluntad, mis títulos y mis éxitos en los negocios, eran cosas muy importantes para mí, así que los puse delante de cualquier otra cosa.
Pero mi hijo de 20 años tenía otras prioridades. Trató de compartir conmigo acerca de lo que Jesucristo significaba para él, pero yo estaba convencido que no necesitaba a Jesús. Como ingeniero químico, trato de probar o desaprobar la existencia de Dios, de la misma forma como pruebo reacciones químicas en el laboratorio. La conclusión de este examen había salido sin resultados, así es que ignoré a Dios.

Fue entonces cuando mi hijo se enfermó seriamente y fue llevado al hospital. Su corazón había cesado de latir. Me paré fuera de la sala de emergencia, luchando con el dolor y el sentimiento de ser incapaz de hacer algo. Me di cuenta que no podía hacer nada. Mi hijo estaba luchando entre la vida y la muerte, y no había nada que pudiera hacer al respecto. Ni siquiera sabía cómo rezar.

Mi hijo sobrevivió a un arresto cardíaco, pero se quedó en el hospital por un largo tiempo, sufriendo de una infección grave en la cabeza. Un día me dijo muy dulcemente: Sé que es el Plan de Dios. Si el propósito de Dios es que mi sufrimiento te lleve a conocerlo, entonces todo lo que estoy experimentando vale la pena.

¡Estaba asombrado! Junto a su cama, cada día le leía su Biblia. Por primera vez, empecé a aprender lo que la Biblia realmente era. Y empecé a aprender acerca de Jesús. La fe de mi hijo en Jesús, junto con lo que había leído en la Biblia me hicieron entender que Jesús es real.

Un mes más tarde, le abrí el corazón a Cristo. Sabía que Dios quería que tuviera una vida con más significado.

Mi hijo estaba muy contento cuando le conté acerca de mi conversión. Había orado por mucho tiempo para que su padre pudiera saber acerca de la vida eterna.

Tres semanas después mi pequeño entró en coma. Por tres días casi nunca abandoné mi lugar al lado de su cama, hasta que finalmente dejó su vida aquí en el mundo para estar con el Señor. Había esperado con ansia la oportunidad de compartir mi nueva vida con mi hijo. Sé que lo voy a ver de nuevo algún día. A pesar de que estamos apenados, Dios nos dio a mi esposa y a mí una paz y esperanza que sobrepasa todo entendimiento humano.

La Biblia dice en 2 Corintios 5:17 que si alguno está en Cristo, es criatura nueva. Las cosas viejas han pasado, y las nuevas han llegado. Esto es ahora la verdad de mi vida. Ahora, Dios es primero, en todo. Los principios con los cuales tomo decisiones también han cambiado completamente. Le pido a Dios que me ayude a hacer decisiones correctas en mis negocios y ya no dependo solamente de mi conocimiento.

Mi vida entera está ahora en manos del Señor.