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Página Principal > Pastoral Familiar > LO MEJOR: EDUCAR EN EL AMOR Imprimir
Juan González
La misión de los padres con sus hijos, que tan difícil parece de ser cumplida en estos tiempos, es ante todo irrenunciable, pero además Dios mismo se nos ofrece como modelo para realizarla y nos enseña que la principal herramienta es el amor. ¿Porqué decimos que Dios nuestro Señor es el modelo? Porque Dios es el Padre que nos ama, a pesar de todo, y también porque él nos amó primero (1 Juan 4, 19).
Este es nuestro punto de partida para la presente reflexión. Así como es Dios el que toma la iniciativa, nos busca y se acerca a nosotros, que somos sus hijos, de la misma manera debemos acercarnos a nuestros hijos y amarlos primero: Se trata de sembrar en ellos la semilla del amor y cultivarla hasta que llegue a dar los mejores frutos, que necesariamente serán frutos de amor.

Reflexionemos: No obstante nuestro evidente menosprecio y nuestras muchas faltas, así como nuestra constante desobediencia, Dios nunca se olvida de nosotros, ni deja de invitarnos a la reconciliación con su amor. La clara enseñanza es que, a pesar de todo, lo mismo debemos hacer nosotros con nuestros hijos.

Dios siempre nos perdona, porque nos ama mucho y está dispuesto a darnos nuevas oportunidades de corrección, cuando mostramos sincero arrepentimiento. Nos corresponde pues perdonar y amar mucho a nuestros hijos, de la misma manera que somos perdonados y amados. Es sencillo de entender.

Y precisamente porque nos ama, Dios nos define importantes reglas de vida y nos manda obedecerlas (1 Juan 2, 3-5). Dios no deja cabos sueltos, pues sabe que sin unas instrucciones precisas, nos extraviamos con facilidad. Por tanto, esa es la línea de acción que necesitamos imitar también con nuestros hijos: Fijar reglas claras que los salven de la perdición, de las tentaciones, de las negativas influencias que pudieran sustraerlos del camino correcto, de las cosas que Dios quiere. Hoy muchos de nosotros no queremos tomarnos ese trabajo de poner reglas que ayuden a nuestros hijos a mantenerse orientados. La excusa es darles libertad, pero es más bien nuestra flojera y desinterés la verdadera razón de que no pongamos límites.

Dios siembra la semilla del amor en nosotros sus hijos, para que en reciprocidad nosotros hagamos otro tanto con nuestros hijos e hijas. Es ley divina que nos amemos unos a otros como Jesús nos amó.

A muchos nos suena difícil y algunos hasta nos parece imposible amar a un hijo que toma decisiones equivocadas, que se muestra rebelde o que continuamente falla en lo que esperamos de él. Sin embargo, eso es justamente lo que hace Dios con nosotros: Nos ama, sin tomar en cuenta nuestras numerosas fallas, nuestras constantes e inadmisibles rebeldías, esperando en su infinita paciencia que algún día nos corrijamos.

Así como Dios siempre nos escucha y está disponible para nosotros las 24 horas del día, tenemos que aprender a escuchar con paciencia y amor a nuestros hijos, para que sientan nuestro apoyo y también para que conociendo sus dudas e inquietudes podamos enseñarles como padres las respuestas que de lo contrario buscarán en otra parte.

Del mismo modo que nosotros, creyentes, estamos convencidos de que Dios jamás nos abandona, que en él podemos confiar, que en él hallamos comprensión, que en él podemos apoyarnos cuando nos está yendo mal, que él nos perdonará si le hemos fallado y si estamos dispuestos a cambiar de vida, de esa misma manera debemos ser para nuestros hijos: Los padres que siempre están presentes cuando ellos nos necesitan, que somos comprensivos, que sabemos perdonarlos y darles nuevas oportunidades de corregir lo que habían hecho mal, en una palabra que somos confiables...

Al igual que Dios se nos da sin condiciones, es fundamental que nos demos a nuestros hijos, que pasemos tiempo con ellos. Esperan nuestro amor, no solamente signos de nuestro amor.

En la actualidad, uno no alcanza a comprender la torpeza o la miopía de tantos padres que en lugar de dar amor a sus hijos, les dan meros sustitutos en forma de cosas materiales. No es que sea malo darles lo necesario, pero no es suficiente darles dinero, o prestarles las llaves del carro, o hacerles regalos costosos, o darles una casa grande para que vayan a dormir.

Hoy la familia promedio es una en la que los padres se preocupan más por la fachada de la casa, que por la calidez humana que debería haber en el interior; están muy ocupados ambos por ganar más dinero para pagar las mensualidades del carro nuevo, que interesados por pasar más tiempo con la pareja y con los hijos. Hay muchos papás que cuando lavan el carro nuevo literalmente lo acarician, le dan champú, la sacan brillo, pero nunca le dan un abrazo al hijo o a la hija, de donde se desprende que parecen más enamorados de sus cosas que de sus hijos.

Podemos concluir que estamos confundidos al establecer nuestras prioridades. El amor de Dios también en esto nos da la respuesta.

Sabemos que lo primero es buscar el Reino de Dios y que lo demás se nos dará por añadidura. De igual manera, si amamos sinceramente a nuestros hijos, si se los decimos y se los demostramos dándonos a ellos, les forjamos una vida sana, en equilibrio y regida por el amor, que es la base para la mejor, más completa y sólida educación.