LA FAMILIA, COMUNIDAD DE VIDA Y AMOR
Ellos me recuerdan ineludiblemente a aquel personaje de la mitología griega llamado Tántalo y que fue condenado por Zeus, de acuerdo con los relatos mitológicos que nos ha legado la literatura, a vivir encadenado dentro de un receptáculo con agua que le llegaba hasta el cuello. Tántalo tiene sed y quiere agachar su cabeza para sorber un poco de aquel vital líquido tan abundante, pero ésta es precisamente parte de su condena: que cuando él inclina la cabeza para mitigar su sed, el nivel del agua desciende proporcionalmente y nunca alcanza a saciar esa necesidad física.
Una especie de modernos Tántalos somos tantos y tantos de nosotros, al mismo tiempo, saciados e insatisfechos. Seres que hemos dirigido nuestra mirada hacia una sola dirección en la vida y que hemos dejado de contemplar la totalidad de la existencia. Hombres y mujeres que perciben las cosas monocromáticamente y que se pierden ante nuestra mirada los demás matices de la vida, sobre todo el color que tiene el rostro de nuestro hermano. Nuestro olfato solamente percibe un único aroma, el olor del dinero, y se ha vuelto entorpecidamente insensible ante la fragancia de nuestra familia. Nuestras visiones se han vuelto monofocales y se ha perdido toda tercera dimensión en la vida, sobre todo aquella en la que se encuentran nuestros propios padres. En nuestra lente existencial solamente existe el acercamiento a las cosas materiales, al trabajo, a la empresa, y en ese "zoom" del existir desaparecen todas las otras imágenes, aunque sean tan reales, como las de nuestros seres más queridos, nuestra propia vida y la del mismo Dios.
Y es que no estimamos el valor de la familia hasta que un día la perdemos. ¡Ah!, ¡La familia! Es muy cierto que cada quien habla de la vida de acuerdo a su propia experiencia. Pero, ¿sabes?..., me provocó risa abundante y me sigo sonriendo ante aquella expresión que utilizó el genial Giovanni Papini en su obra El Espía del Mundo para definir lo que para él era una familia: "La familia es una asociación de delincuentes en perjuicio del jefe de casa". ¿Qué te pareció su definición: "La familia es una asociación de delincuentes en perjuicio del jefe de casa"? ¡Mejor no me respondas!, y deja que te haga otra pregunta: ¿Cómo definirías tú a tu familia?
A mí en lo personal me agrada una definición que es quizá una de las más sencilla pero también muy completa, que dice que: "la familia cristiana es una comunidad de vida y amor, que ha sido formada por Dios". Se trata de un espacio existencial cristiano en donde se respete el precioso don de la vida y en donde se valore, en su real sentido, el amor sincero. Ni un amor, extrañamente entendido, que anule el don de la vida; ni la sobreposición de la vida que haga desaparecer cualquier rasgo del amor. La carencia, tanto del respeto por la vida como del respeto por el amor, anula automáticamente el sentido auténticamente cristiano de la familia.
¿Si quieres entenderlo mejor? Entonces te invito para que dirijamos la mirada hacia la familia de Nazaret. Hoy, te sugiero que veamos el rostro de aquellos que fueron elegidos para que le ofrecieran un cálido hogar al Hijo eterno del Padre.
Contemplemos a la Virgen María y percibamos en ella la imagen plena de la mujer. Es cierto que María Santísima es un ejemplo para todos los cristianos. ¡Ojalá, todos los hombres recibiéramos al Señor Jesús con el amor con el que ella le recibió!; sin embargo, no quiero omitir el que toda mujer debería de ver de una forma especial en el rostro de la Santísima Virgen María su propio rostro. Santa María es un ejemplo para la mujer en su infancia, lo fue como joven, como esposa y lo ha sido como Madre. Incluso cuando se queda sola, porque su esposo fue llamado al Cielo y su Hijo ha concluido su Obra Redentora, ella es un gran ejemplo de fe, de esperanza, de caridad, de integridad y de fortaleza...
Para la Virgen María su misión no fue algo fácil: desde el silencio generado en torno a su embarazo virginal, desde el nacimiento de su Hijo en situaciones por demás precarias, desde el tener que huir a tierras extranjeras para proteger la vida del "fruto bendito de su vientre",... sin que nos olvidemos de ese momento de la barbarie y de la sinrazón humana, en el que le regresaron desfigurado y exánime a aquel a quien ella había acariciado con sus manos santas y a quien había amamantado y había arrullado en su regazo.
Pero démonos tiempo, volvamos el rostro y contemplemos también a este santo varón a quien el Padre eterno eligió, puesto que encontró en él al mejor de los padres en la tierra para el más grande de los Hijos que han nacido en el tiempo y el espacio. San José, es un inmejorable modelo como esposo. Se trata de alguien que, aún sumergido en la noche oscura de la incomprensión humana que brota de nuestras naturales incertidumbres, ama tanto a aquella que será su esposa, de tal manera que prefiere ser despreciado y que se hable mal de él a que se desprecie y se hable mal de aquella que ama. San José es un hombre de oración profunda que sabe escuchar la voz de un Dios que le clarifica lo que tiene que hacer en su vida y con su familia, aún cuando esta voz sea escuchada en la oscuridad de la noche y en el adormilamiento provocado por ese cansancio acumulado que le da continuidad al desgaste de la incomprensión. Se trata de aquel que es llamado en el Evangelio simple y llanamente: varón justo, y que es un verdadero modelo para todos aquellos que han recibido de parte de Dios el encargo de la tutoría en la vida.
En estos días me he vuelto a preguntar: ¿Cuándo aprenderemos los hombres a distinguir la diferencia existente entre la progenitura y la paternidad?
¿Cuándo entenderemos que ser progenitor no es lo mismo que ser padre, y que el procrear no convierte a alguien en un padre en el sentido auténtico de la expresión?
¿Lo entiendes? El progenitor es aquel que engendra, el padre es el que enseña a vivir. Para ser progenitor hacen falta segundos, para ser padre es necesario el transcurso de los meses y de los años,... y de la vida. Para ser progenitor basta con que dos células se fusionen y aparezca el divino milagro de la vida, para ser padre hace falta que dos corazones se fusionen. El progenitor procrea mientras que el padre educa, aconseja, corrige, acompaña, ama a los que Dios permitió que nacieran.
Tener hijos no hace de alguien un padre, tal y como el que alguien tenga un piano no le convierte en un pianista. Hoy deambulan por nuestras calles tantos y tantos progenitores, y... son tan escasos los padres de familia. Si bien San José no fue el progenitor del Señor Jesús, podemos decir que Él fue un verdadero padre para el Hijo del Padre Eterno: le amó, le cuidó, le alimentó, le protegió, se gastó y se desgastó por él, corrió riesgos por cuidar el don de Dios, fue a tocar puertas en tierras de desconocidos para así conseguir trabajo y poder ofrecerle manutención al Hijo eterno del Padre, que nació por obra y gracia del Espíritu Santo en el vientre inmaculado de la Virgen.
¿Qué mejor ejemplo de paternidad podrían tener tantos hombres que hoy se ufanan de ser progenitores?
San José, hace presente en la imagen sagrada de la Familia cristiana a todos aquellos hombres y mujeres que si bien no han engendrado biológicamente, han sido capaces de engendrar con su corazón. San José nos recuerda que, más allá de la fecundidad genética, la fecundidad de la voluntad y la que brota del amor sincero pueden llegar a ser mucho más grandes a los ojos de Dios y en la vida de los hombres.
Pbro. Rogelio Narváez

