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Página Principal > Pastoral Familiar > Familia y comunidad cristiana: Formación de la persona y transmisión de la fe Imprimir
Juan González
La doctrina de la Iglesia sobre la familia, será la base que tomaremos para las orientaciones que esperamos poder ofrecer a nuestros lectores de esta sección. La idea es publicar extractos de los principales documentos eclesiales sobre los temas que nos ocupan en la pastoral familiar. Resumirlos tal vez sea de ayuda para que un mayor número de personas se sientan motivadas a conocer estos documentos y se impregnen de su invaluable riqueza. El que sigue es un resumen del discurso del Papa Benedicto XVI, al iniciar el Congreso de la Diócesis de Roma, en junio de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:

El presupuesto por el que hay que comenzar para comprender la misión de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formación de la persona y de transmisión de la fe, sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador.

La verdad del matrimonio y de la familia, ha encontrado aplicación en la historia de la salvación, en cuyo centro está la palabra: Dios ama a su pueblo El acercamiento de Dios a su pueblo es presentado con el lenguaje del amor conyugal, mientras que la infidelidad de Israel, su idolatría, es designada como adulterio y prostitución.

En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta convertirse Él mismo, por su Hijo, en carne de nuestra carne, auténtico hombre. El carácter sacramental que el matrimonio asume en Cristo significa, por tanto, que el don de la creación ha sido elevado a gracia de redención. Y así como la encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero significado en la cruz, así también el amor humano auténtico es entrega de sí mismo, no puede existir si evita la cruz.

También en la procreación de los hijos el matrimonio refleja su modelo divino, el amor de Dios por el hombre. Precisamente por esto queda claro hasta qué punto es contrario al amor humano, el cerrar sistemáticamente la propia unión al don de la vida y, aún más, suprimir o manipular la vida que nace.

Ahora bien, ningún hombre y ninguna mujer, por sí solos, pueden dar adecuadamente a los hijos el amor y el sentido de la vida. El cristiano sabe que esta autoridad es conferida a esa familia más amplia que Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, y del don del Espíritu Santo, ha creado en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia. Por este motivo, la edificación de cada una de las familias cristianas se enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la apoya y la acompaña, y garantiza que hay un sentido y que en su futuro se dará el sí del Creador. Y recíprocamente la Iglesia es edificada por las familias, pequeñas Iglesias domésticas como las ha llamado el Concilio Vaticano II.

De todo esto se deriva una consecuencia evidente: la familia, las parroquias y las demás formas de comunidad eclesial, están llamadas a la más íntima colaboración en esa tarea fundamental que está constituida por la formación de la persona y la transmisión de la fe. Sabemos bien que para que tenga lugar una auténtica obra educativa no basta una teoría justa o una doctrina que comunicar. Se necesita algo mucho más grande y humano, esa cercanía, vivida diariamente, que es propia del amor y que encuentra su espacio más propicio ante todo en la comunidad familiar, y después en una parroquia o movimiento o asociación eclesial.

Este es el motivo por el que en el fundamento de la formación de la persona cristiana y de la transmisión de la fe está necesariamente la oración, la amistad personal con Cristo y la contemplación en él del rostro del Padre. Y lo mismo se puede decir de todo nuestro compromiso misionero, en particular, de nuestra pastoral familiar: que la Familia de Nazaret sea, por tanto, para nuestras familias y comunidades objeto de constante y confiada oración, así como modelo de vida.