LA ORACIÓN DE UN PADRE
Dame un hijo que nunca doble la espalda cuando deba erguir el pecho; un hijo que sepa conocerte a ti y conocerse a sí mismo, que es la piedra fundamental de todo conocimiento.
Condúcelo, te lo ruego, no por el camino cómodo y fácil, sino por el camino áspero, aguijoneado por las dificultades y los retos; allí déjalo aprender a sostenerse firme en la tempestad y a sentir compasión por los que fallan.
Dame un hijo cuyo corazón sea claro, cuyos ideales sean altos, un hijo que se domine a sí mismo antes de pretender dominar a los demás, un hijo que aprenda a reír pero que también sepa llorar, un hijo que avance hacia el futuro, pero que nunca olvide el pasado.
Y después que le hayas dado todo esto, te suplico entregarle suficiente sentido del humor, de modo que pueda ser siempre serio, pero que no se tome a sí mismo demasiado en serio; dale humildad para recordar siempre la sencillez de la verdadera sabiduría Y la mansedumbre de la verdadera fuerza.
Entonces yo me atreveré a murmurar: ¡No he vivido en vano!

