TRANSMITIR LA FE, PRIMER DEBER DE LOS PADRES
Juan González
Este es un señalamiento especialmente rotundo para quienes conociendo la misión que Jesús nos encomienda, ponemos oídos sordos a su voz.
Y más todavía, debe pesar muy fuerte, por ejemplo, en la conciencia de quienes somos padres de familia y no cumplimos nuestro deber de transmitir la fe a los hijos, que deben ser los primeros destinatarios. La omisión es grave porque, además de tener que rendirle un día cuentas a Dios, de seguro veremos en nuestros hijos consecuencias muy lamentables por no sembrar en sus corazones la semilla de la fe.
En muchísimos hogares prácticamente no se habla de Dios y la mayoría de los padres no hacemos ni el mínimo esfuerzo por darles ejemplo de vida cristiana a nuestros hijos.
Los espacios que deberíamos destinar para formar a nuestros hijos en la fe, se los llenamos de televisión, de juegos electrónicos de indiferencia.
Algunos padres, no pocos, creemos descargar nuestra conciencia enviando a los niños para que les en catecismo principalmente pensando en la primera comunión, y no tanto por la valía del sacramento, sino por cumplir y además tener pretexto para invitar como padrinos a fulanito y a menganita, porque nos caen bien y por otro lado porque habrá razón de fiesta. Ni a los papás ni a los padrinos suele preocuparnos mucho que para el ahijado o la ahijada la primera comunión sea también la última, pues no los guiamos ni tenemos el afán de acompañarlos en el seguimiento de la fe.
Por lo común todo nuestro esfuerzo como padres se reduce a llevar a los hijos la clase de catecismo o solamente mandarlos porque enseñarlos, según nosotros, es obligación de los catequistas. NO sabemos qué cosas les enseñan, no les pedimos que nos compartan lo que aprendieron y en cambio les ponemos una gran cara de aburrimiento si quieren platicarnos algo. ¿Lograremos así que su fe se afirme?
Vamos a revisarnos en nuestro deber de transmitir la fe a nuestros hijos, tratando de contestar las siguientes preguntas:
¿Solemos ir a Misa, como mínimo los domingos? ¿Llevamos a los niños a Misa? ¿Nos ven nuestros hijos participar activamente en la celebración? ¿Nos hemos preocupado por aprender los momentos y los signos de la Misa, para enseñarles a nuestros hijos, de manera que puedan experimentar todas las riquezas que se viven en la Eucaristía?
¿Los padres hacemos oración en casa como pareja? ¿Les enseñamos a los niños a orar y les hablamos de lo importante que es la oración para alabar a Dios, pedirle perdón o darle gracias? ¿Les enseñamos a nuestros hijos a ver a Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida cotidiana? ¿Tenemos una Biblia en nuestro hogar? ¿La leemos con frecuencia e invitamos a nuestros hijos a que la lean, o la usamos como pisapapeles? ¿Bendecimos los alimentos antes de tomarlos? ¿Damos gracias a Dios al terminar la comida?
Ojalá tengamos respuestas positivas para todas estas preguntas. Pero si no es así, ahora es el tiempo de empezar a trabajar en ello. Leámoslas despacio, busquemos sinceramente darles respuesta, aunque vayamos avanzando en ello poco a poco, y tendremos un programa estructurado para llevar a cabo las acciones necesarias que nos permitan cumplir nuestro deber ante Dios y por el bien de nuestros hijos.

