LOS HIJOS NO SON NUESTROS
Hace ya muchos años, comentábamos en nuestra revista parroquial que los hijos (a pesar de que muchos padres nos referimos a ellos como NUESTROS hijos) no nos pertenecen, no son nuestra propiedad. Y tampoco son, como la mayoría de los padres creen, n regalo de Dios ya que si fueran un egalo pasarían a ser nuestros. Pero no, pues como decía el poeta Gibrán, vienen a través de nosotros, pero no son de nosotros.
Este tema nos interpela, porque de la errónea idea de propiedad sobre los hijos, nacen las más terribles aberraciones. Podríamos quizá pensar de los padres que se creen propietarios de sus hijos, que los cuidarán de un modo especial, con mucho amor, con generosa entrega. Sin embargo, la tendencia es otra: Dicen algunos, como son míos, yo hago con ellos lo que me venga en gana, para eso son MIS hijos. Y vienen luego los maltratos, los descuidos, abusos de toda clase, como es el caso de los padres que consideran a los hijos como una especie de inversión; es decir, te voy a dar ahora para que tú me des después a mí. O yo te crié, ahora tienes tú que mantenerme.
En el otro extremo cabría en ocasiones la actitud paterna de una enfermiza sobreprotección que no deja crecer a los hijos, que los hace dependientes, que los mutila, pero eso a los padres sobreprotectores no les importa. Al fin y al cabo, son SUS hijos.
¡Cuánta distorsión!
lea más
|
|
|
PAPÁ OLVIDA
Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.
He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba.
Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.
Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: ¡Adiós, papito! Y yo fruncí el entrecejo y te respondí: ¡Ten erguidos los hombros!
lea más
|
MADRE, SÓLO HAY UNA
Por culpa del azar o de un desliz, cualquier mujer puede convertirse en madre.
La naturaleza la ha dotado a mansalva del "instinto maternal",con la finalidad de preservar la especie.
Si no fuera por eso, lo que ella haría al ver a esa criatura minúscula, arrugada y chillona, sería arrojarla a la basura. Pero gracias al instinto maternal la mira embobada, la encuentra preciosa y se dispone a cuidarla gratis hasta que cumpla por lo menos 21 años.
Ser madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada.
Es ejercer la vocación sin descanso, siempre con la cantaleta de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, tomen leche, no fumen.
Es preocuparse de las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas, los novios y las novias; sin ofenderse cuando la mandan a callar o le tiran la puerta en las narices, porque no están en nada...
lea más
|
|
|
|
|
Más artículos
|
|
 |
|