Juan González López
Un tema muy importante para la reflexión al estar terminando un año y a punto de empezar el nuevo, es la FIDELIDAD. ¿Qué significa fidelidad? "Firmeza y constancia en los afectos, perseverancia en las ideas, cumplimiento de los compromisos y los deberes, autenticidad en nuestro trato con los demás, sin asomo de engaño".
La fidelidad es la evidencia del verdadero amor, y no solamente a la pareja, sino a todas las personas con quienes nos relacionamos en la familia, la escuela, el trabajo, etc. En la infidelidad es imposible amar: Quien es infiel no ama; quien ama no puede ser infiel. Por tanto bien podemos decir que ser fieles es dar una respuesta de amor a las personas que amamos, con quienes estamos en deuda.
Sin embargo, lo básico es, ante todo, ser fieles a Dios, el que es fiel por excelencia, Aquel que es nuestro dador de vida; a Quien le debemos todo. Si somos fieles a Dios, por añadidura podremos también ser fieles a quienes nos han dado su amistad, a quienes nos han servido incondicionalmente, a quienes nos han dado su amor. Lograremos ser fieles con quienes hemos hecho una alianza fraterna.
La fidelidad es una virtud de valor absoluto, en medio del relativismo que se maneja en este mundo de engaños. ¿Qué queremos decir al señalar que la fidelidad tiene un valor absoluto? Que nunca cambia, que no deja de ser. Significa que no se puede ser fiel sólo algunas veces. Imaginemos, por ejemplo, que un marido o una esposa dicen a su pareja: Te prometo serte fiel en algunas ocasiones, pero en otras no te lo aseguro. ¿Será eso fidelidad? ¿Puede existir confianza en esa relación? ¿Habrá amor auténtico? No. Se es fiel, o no se es fiel, ya que en este asunto no caben las medias tintas.
La fidelidad se manifiesta a los demás, pero realmente está enraizada en lo más hondo del espíritu de aquel que la profesa; de tal suerte que quien es infiel a los demás, es infiel principalmente consigo mismo. Desde este punto de vista, la infidelidad en la que a veces caemos es una distorsión en nuestro modo de relacionarnos con los demás y, sobre todo, en la forma como nos vemos a nosotros mismos, pues anula nuestro ser auténticos.
Peor aún, la infidelidad es una grave falla ante Dios, pues el hecho de no ser fieles nos incapacita para cumplir el mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos. Resulta terrible este elevado costo de la infidelidad.
Imaginemos que alguien a quien consideramos el mejor amigo o la mejor amiga, de pronto traiciona nuestra amistad. ¿Seguirá siendo para nosotros el mejor amigo o la mejor amiga? ¿Se puede seguir confiando en esa persona? ¿Su modo de ser refleja sinceridad? ¿Sentirá hacia nosotros un real aprecio, un cariño verdadero? Lo cierto es que alguien así no sabe ser amigo o amiga; no es persona confiable y está incapacitada para el amor al prójimo.
Pero antes de caer en la tentación de juzgar si quienes nos rodean son fieles o no lo son, es sumamente necesario que revisemos si nosotros mismos somos en todo fieles a nuestra pareja, si somos amigos auténticos, si somos fieles a la palabra empeñada, si guardamos fidelidad a quienes decimos apreciar. También podemos hacernos preguntas como éstas: ¿Nos siguen importando nuestros padres, aun cuando estén viejos y achacosos? ¿Seguimos siendo amigos del amigo que ha caído en desgracia? ¿Nos hemos acercado al hermano que necesita ayuda? ¿Somos agradecidos con aquel que nos brindó su ayuda cuando más la necesitábamos? ¿Somos confiables en la tarea que se nos encomienda? ¿Evitamos utilizar a las personas? ¿Sabemos amar sin condición, del mismo modo que Dios nos ama?
Sin fidelidad, no hay amor; sin amor, la fidelidad es imposible. Y la vida pierde su significado. Esto es porque sólo siendo fieles podemos tener una auténtica vida de comunión; hace falta ser fieles para tener relaciones sanas, para combatir la hipocresía y vivir en la verdad, ya que la condición de la infidelidad no es otra cosa que vivir en la mentira: Quien es infiel, miente; el que es fiel, está en la verdad.
Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y reconocer que, lamentablemente, la fidelidad está en crisis porque hemos dejado de vivir a fondo el amor.
Hace tiempo dijimos ser amigos de alguien que nos servía y por eso era importante para nosotros; hoy por alguna razón ya no nos es útil y entonces desechamos la supuesta amistad que en otro tiempo proclamamos tener con esa persona. No hemos sido fieles a esa amistad y la persona hoy ha caído de nuestra gracia. Dijimos una cosa e hicimos otra. No hemos sido sinceros. No hemos sido agradecidos. Todas esas son formas de infidelidad.
Después de estas reflexiones, ojalá entre nuestros propósitos de mejora constante podamos incluir el de aprender a ser fieles a nosotros mismos, porque esa es la condición fundamental para que podamos ser fieles a los demás, a toda la gente que nos rodea en nuestros ambientes.
La fidelidad, nuestra fidelidad, es requisito indispensable para cumplir el mandamiento del Señor de amarnos los unos a los otros. Y hemos de ser nosotros mismos el punto de partida, ya que la fidelidad es un valor previo a nuestra relación con otras personas: Quien es fiel, lo es en sí mismo y consigo, primero; ya luego, podrá reflejar esa fidelidad en su relación con los demás. No dependemos de los otros para ser fieles.
La fidelidad habla de la calidad, de la integridad de quien la posee. Una persona fiel es una persona de elevada calidad humana.
Con esa acepción, se habla de alta fidelidad cuando se aplica a la óptima calidad de sonido e imagen en ciertos aparatos que reproducen sonido o imágenes con una gran pureza, SIN DISTORSIONES. En las personas, las que faltan a la fidelidad, distorsionan su comportamiento y disminuyen la calidad de su relación con los demás.
Hemos de pedir a Dios nos conceda la gracia de la fidelidad. Claro que para ser fieles necesitamos poner en juego recursos muy importantes que han de estar en nuestra decisión de ser mejores ante los demás y ante nuestro Padre Dios: Necesitamos dar mucho amor, ante todo; de ahí se derivarán el respeto a la dignidad de la otra o las otras personas, el compromiso de cultivar unas sanas relaciones con los demás y la lealtad a nuestra fe y convicciones.
Desde luego, nuestro modelo es el Señor, porque en Jesús está encarnada la fidelidad de Dios, Aquel que a pesar de nuestras constantes faltas, se mantiene fiel a su promesa de darnos la salvación. Dios es siempre fiel, pues en su gran amor la fidelidad divina es eterna y perfecta. Por eso cuando hablamos de fidelidad, estamos hablando también de gratitud, pues lo lógico es que correspondamos con nuestra propia fidelidad a la fidelidad del Padre que nos ha hecho sus hijos con un inmenso amor.
Tomemos nota de que, como creyentes, tenemos que ser fieles para poder contribuir a la extensión del Reino de Dios entre nosotros. Sin fidelidad, esto no es posible, lo cual nos dice que si anhelamos sinceramente llegar a ser verdaderos discípulos misioneros, necesitamos aprender a ser fieles.
Si nuestro anhelo es crecer en el amor y ser felices en el amor de Dios, si el afán es avanzar en nuestra conversión, si nuestra esperanza es agradar al Señor, seamos fieles, ya sea como parte de nuestra respuesta al Padre o pidiendo a Él mismo la gracia de vivir en fidelidad.
Otro apunte muy importante: Dice san Pablo en su segunda carta a Timoteo (2, 13): Dios permanece fiel, pues "no puede desmentirse a sí mismo". Eso, lamentablemente, es lo que ocurre con nosotros: Cuando somos infieles, nos desmentimos a nosotros mismos.