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Página Principal > Pagina Principal > AMOR Y SOLIDARIDAD Imprimir
Para no olvidarlo: Los días 1 y 2 de julio de 2010, vivimos uno de los mayores desastres naturales en la historia de Monterrey y de Nuevo León: El paso del huracán Alex, que superó con mucho el poder devastador del famoso huracán Gilberto, aquel terrible meteoro que visitó nuestra ciudad en 1988, y mucho más destructivo que el huracán Emily, que azotó a la zona metropolitana en el mes de julio de 2005.

El huracán Alex dejó un saldo de grandes daños en el estado de Tamaulipas, golpeó más fuerte a Nuevo León y fue a disiparse allá por el estado de Zacatecas. De todo este rastro de destrozos que Alex fue dejando a su paso, su huella más profunda estuvo en los perjuicios que causó a varias colonias de Monterrey, entre ellas la 25 de Noviembre o El Realito y Atoyac de Álvarez, que son parte de nuestra Parroquia Jesús Nazareno.
Lo mismo que con los huracanes Gilberto y Emily, ante la emergencia causada por Alex, convertimos el templo, el Auditorio y nuestros salones en albergues temporales para los cientos de personas que sufrieron la inundación o destrucción de sus casas y la pérdida de gran parte o del total de sus pertenencias. Por la noche del miércoles 30 de junio y la mañana del 1 de julio, cerca de un millar de personas fueron albergadas en nuestras instalaciones parroquiales. Otras encontraron acomodo en el edificio del DIF municipal.

Fueron sobre todo aquellas personas que habitan en las áreas más cercanas al Río La Silla, que se salió completamente de su cauce, aunque esta vez los daños además alcanzaron a otras colonias del territorio parroquial como Valle del Contry, Contry Sol y Rincón del Contry, así como Rincón de la Primavera y accesos viales de toda esta zona: la Avenida Paseo de las Américas y los puentes Alfonso Reyes, Solidaridad, El Realito y el vado que comunica a esta colonia con la Herradura.

Pero más allá de los daños que Alex causó, dos observaciones muy importantes cabe hacer sobre la realidad de este fenómeno meteorológico: Una es que seguimos desafiando a la naturaleza, cuando haríamos bien en ser más precavidos y tratar de servirnos de los bienes naturales de manera ordenada. La creación es perfecta, pero se vuelve peligrosa cuando reacciona a los errores del ser humano, porque sin duda las acciones del hombre están incidiendo cada vez más en la frecuencia y la gravedad de las catástrofes naturales, con todas sus consecuencias. Sería por ello sano hacer una reflexión y empezar un cambio, que se vaya realizando en la medida de lo posible. Ya lo verán las autoridades y los expertos cómo sacar provecho de esta terrible experiencia y prevenir situaciones semejantes en el futuro.

La segunda observación es que el huracán Alex nos deja una dura pero benéfica lección: En la adversidad, Dios nos hermana sólidamente y nos recuerda que a sus ojos todos somos iguales, sin importar condiciones sociales, económicas, culturales o de cualquier otro orden; su Espíritu nos da el sentido y la fuerza de comunión frente a las dificultades y nos mueve a la solidaridad, nos recuerda que nos necesitamos unos a otros. El Espíritu de Dios, especialmente en situaciones de apremio, siempre nos orienta hacia el bien común y nos hace comprender que ayudar a los demás es una exigencia clave para la convivencia humana. Eso es la solidaridad: estar unidos, para ser más fuertes y salir victoriosos de cualquier evento adverso.

Lección dura, porque a veces se presenta un fenómeno como el que estamos describiendo, y nos sacude a todos por igual: Ricos y pobres de pronto venimos a caer en la cuenta de que ante un desastre natural estamos en las mismas condiciones de vulnerabilidad; es decir, no somos más ni menos que el otro.

Benéfica la lección, porque nos mueve a voltear hacia el hermano y a solidarizarnos con él en su necesidad, reconociendo que si hoy estamos llamados a dar, mañana podríamos estar en situación de necesitar ayuda, en condiciones de recibir.

Alex nos deja como aprendizaje muy importante que no basta sentirnos conmovidos por la desgracia ajena, sino que es necesario solidarizarnos activamente con aquellos que están pasando dificultades y, más aún, si son cercanos a nosotros. La solidaridad "es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos" (Juan Pablo II).

La solidaridad es una expresión de elemental justicia que se enriquece por el amor.

Gracias a Dios debemos reconocer, con cristiana alegría, que en este caso la respuesta general ha sido magnífica. No bien se fue conociendo de la situación de emergencia, una gran cantidad de personas empezó a brindar su ayuda: Unos colaborando en las tareas de limpieza, otros trayendo y sirviendo alimentos, ofreciendo agua purificada o ropa seca, pañales para los niños, biberones, medicamentos, cobertores, productos de limpieza (trapos, escobas, detergentes), artículos para la higiene personal, etc.

Gente de nuestras pequeñas comunidades, de los grupos de jóvenes y fieles en general, se han hecho presentes con diversas formas de apoyo a las personas más afectadas por este desastre natural. Varios grupos de voluntarios de otras parroquias, particularmente de nuestro decanato san Juan Bosco, han organizado brigadas de acopio en las colonias circunvecinas al área parroquial, para recolectar alimentos y variados artículos de primera necesidad.

La ayuda también ha estado fluyendo para la gente afectada, desde las diversas instituciones públicas, estatales y municipales. Inclusive, el jueves 8 de julio, tuvimos la visita del Presidente Felipe Calderón, a constatar los daños provocados por el huracán Alex en El Realito y ofrecer el apoyo del gobierno federal. Así, con la participación de todos, poco a poco se irá avanzando hacia la recuperación, aunque hay muchísimo por hacer y se irá haciendo a lo largo de los próximos meses.

En nuestra Parroquia, las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús han estado coordinando las tareas de ayuda, sobre todo por lo que se refiere a la entrega de despensas y de alimentos para consumo inmediato; en esta misma labor hemos tenido participando a muchos otros voluntarios, que se acercan inclusive a las áreas devastadas para brindar la ayuda ahí donde más se necesita.

Es una labor de gran mérito ante Dios, pues la solidaridad auténtica resuelve el viejo dilema de ayudar sin recibir nada a cambio; de ayudar aunque nadie se entere, ni aún la persona o personas a las que ayudamos. Esto es: ser solidarios por una verdadera convicción de justicia y amor, sin buscar el reconocimiento, sino en el servicio al hermano buscar el agrado del Señor. La solidaridad, por su misma naturaleza, no busca para quien la ejerce ninguna clase de beneficio o recompensa.

Hay personas que resultaron más afectadas, otras que no lo fueron tanto y algunas más que no tuvieron daños. Con rectitud de conciencia, aquellas que están en mejores condiciones de ayudar son las convocadas a prestar esa ayuda.

La emergencia ya pasó, pero sabemos, desde luego, que la tarea de recuperación va a ser ardua, porque los daños han sido muy severos. Hay familias que no sólo perdieron todas sus pertenencias, sino hasta sus casas; se les ha ido de las manos todo su patrimonio. Hoy carecen de los enseres domésticos esenciales, como camas, muebles, refrigerador, estufa, loza; tampoco tienen ropa, sábanas, cobertores, etc.

Mencionamos estas necesidades concretas, por si alguien que lea estos párrafos tenga la manera y la disposición para hacer algún donativo específico.

Como familia de Dios que somos, ante situaciones apremiantes y aún en circunstancias normales, es preciso que hagamos del ser solidarios una actitud cotidiana, una disposición permanente de servicio y amor a los demás, ya que la solidaridad con el hermano en desgracia es una elemental respuesta de gratitud a Dios, de quien proceden todos los bienes.

Por eso decimos que Dios no sólo es amor y comunión; Dios es solidaridad y siempre está de nuestro lado para ayudarnos a salir victoriosos de cualquier dificultad. Precisa, sin embargo, de que confiemos en él y de que colaboremos con él en el servicio y la ayuda a nuestros hermanos.

Nunca nos ha fallado el Señor, y por su amor esta vez tampoco lo hará. Confiamos pues en que con la ayuda de Dios y, muy unidos en fraterna y solidaria comunión, saldremos adelante de esta situación de adversidad.

Su servidor y amigo:

P. José Abramo Torres
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