Transmitir la fe nunca ha sido una tarea sencilla, y mucho menos en tiempos tan difíciles como los que nos toca vivir. Vemos a nuestro alrededor violencia en sus muchas expresiones, inseguridad, corrupción, transgresiones de toda clase en los ambientes familiares, en la calle, en los lugares de trabajo o estudio, en la política.
Lejos de amarse y de unirse para trabajar por el bien común, las personas ni siquiera se respetan entre sí.
Donde está la gente, ahí parece estar siempre presente el conflicto, la falta de comunión y el continuo deterioro de las relaciones humanas, la lucha del hombre contra el hombre mismo...Y dejamos que el mundo siga rodando hacia el abismo.
Porque ciertamente la maldad avanza cuando el bien retrocede. Si quienes nos decimos creyentes, callamos ante el mal galopante y no asumimos compromiso alguno para transformar este mundo en un lugar más habitable, seguiremos siendo testigos de su deterioro, un deterioro que no es querido por Dios y que no obstante nos alcanza a todos. Es lo que podríamos llamar el mal globalizado, porque por mucho que lo pretendamos, no podemos aislarnos: Si contribuimos al bien, su efecto llega a nosotros; si hacemos el mal o permitimos que el mal prospere, también sentiremos sus consecuencias.
Sin embargo, es tanta nuestra indiferencia, nuestro egoísmo y tan notable la desaparición de nuestra capacidad de asombro, que en muchos de nosotros se ha perdido hasta la esperanza. Y entonces, parece como si bajáramos los brazos, en señal de rendición. Parece que cada uno pensara: Que el mundo ruede, y yo a lo mío (aunque también yo vaya rodando y tal vez sin darme cuenta).
Y lo más triste es que inclusive en los ambientes parroquiales, donde decimos vivir en la fe, muchas personas muestran una tendencia muy fuerte hacia la adopción de comportamientos y actitudes de instalamiento, amurallado en una fe pasiva, que no actúa, que no se interesa por los demás, ni siquiera por los más cercanos. Hay también una visión pesimista que en todo ve el mal y ninguna posibilidad de corrección.
¿Qué factores nos han traído hasta este punto de desesperanza? ¿Por qué estamos dejando que nuestras almas pierdan su vigor, que nuestros corazones se enfríen y que nos convirtamos en cristianos mediocres, pusilánimes? Pueden ser muchos y muy variados esos factores, pero al centro está nuestro alejamiento de Dios, nuestro derrumbe ante las tentaciones de la abulia, la comodidad, el egocentrismo, la falta de entusiasmo por el amor al prójimo y nuestra dejadez espiritua, la escasa o nula comunión con Dios en la oración.
Necesitamos pedirle al Espíritu Santo que llene nuestro corazón, que nos ayude a orar más y a renovar nuestra amistad con el Señor, que nos acerque a Él y nos lleve a llenarnos de su amor, para poder llevarlo a los demás. Tenemos que salir ya de este sendero torcido que llevamos, pues no nos conduce a Dios. El creyente no puede replegarse ante la maldad; sino, al contrario debe enfrentarla y quitarle los espacios, con la gracia de Dios, con la fuerza del amor.
Porque ser Iglesia es precisamente eso: Ser la Mensajera del Amor y no el lugar de simples prácticas de devoción fragmentadas o modos de vivir la fe a la medida y gusto de cada uno. El católico, es universal, que sale de sí mismo para ir a todos. Ese es nuestro compromiso como creyentes, y nuestro privilegio.
¿Por qué digo privilegio? Porque eso es trabajar para Dios: ¡Un enorme privilegio! Porque para seguir y servir al Señor, necesito llenarme de Él. Para ello, necesito encontrarme con Él. Y el encuentro con Jesús, que se da cuando le abro mi corazón para que haga en él su morada, es el más grande regalo que podamos recibir, el maravilloso regalo que se nos concede para compartirlo con la mayor alegría y gratitud, porque sólo en el Señor es que llegamos a tener verdadera vida, ésa vida que tanta falta hace en el mundo de hoy.
Reciban un cordial saludo de su servidor y amigo:
P. José Abramo Torres