Transmitir la fe nunca ha sido una tarea sencilla, y mucho menos en tiempos tan difíciles como los que nos toca vivir. Vemos a nuestro alrededor violencia en sus muchas expresiones, inseguridad, corrupción, transgresiones de toda clase en los ambientes familiares, en la calle, en los lugares de trabajo o estudio, en la política.
Lejos de amarse y de unirse para trabajar por el bien común, las personas ni siquiera se respetan entre sí.
Donde está la gente, ahí parece estar siempre presente el conflicto, la falta de comunión y el continuo deterioro de las relaciones humanas, la lucha del hombre contra el hombre mismo...Y dejamos que el mundo siga rodando hacia el abismo.
Porque ciertamente la maldad avanza cuando el bien retrocede. Si quienes nos decimos creyentes, callamos ante el mal galopante y no asumimos compromiso alguno para transformar este mundo en un lugar más habitable, seguiremos siendo testigos de su deterioro, un deterioro que no es querido por Dios y que no obstante nos alcanza a todos. Es lo que podríamos llamar el mal globalizado, porque por mucho que lo pretendamos, no podemos aislarnos: Si contribuimos al bien, su efecto llega a nosotros; si hacemos el mal o permitimos que el mal prospere, también sentiremos sus consecuencias.
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