HACIENDO DESASTRES
A estas alturas del proceso, ya había muchísimas pequeñas huellas de harina por toda la cocina, las que fue marcando Lupita y las que imprimió su gatito. Para entonces, Lupita estaba totalmente cubierta con harina, y estaba empezando a sentirse frustrada, pues ella quería darles una sorpresa a sus papás, haciendo algo muy bueno. Ojalá pudiera.
Cuando miró otra vez hacia la mesa, vio como su gatito estaba lamiendo el tazón, por lo que corrió a apartarlo de la mesa, pero por accidente se volcó el cartón de leche y además se rompieron unos huevos que había dejado fuera del refrigerador.
La niña intentó agacharse a limpiarlo todo, pero se resbaló y quedó con toda su pijama pegajosa, llena de harina y huevo.
Fue en ese momento cuando vio a su papá de pie en la puerta de la cocina. Dos grandes lágrimas se asomaron a sus ojos, pues ella solo quería hacer algo bueno, pero en realidad había causado un enorme desastre. Estaba segura de que su papá la iba a regañar y muy posiblemente a castigarla.
Pero su papá sólo lo miraba en medio de aquel desorden.
Entonces, caminando por encima de todo aquel mar de cosas regadas, el papá llegó hasta donde estaba la pequeña, tomó en sus brazos a su hija que lloraba, y le dio un gran abrazo lleno de amor, sin importarle llenarse él mismo de harina y huevo.
Así es como Dios nos trata, con el perdón inmediato.
Y es que casi siempre procuramos hacer las cosas bien, pero sin quererlo terminamos haciendo un enorme desastre, cometiendo toda clase de errores y atrayendo las más desagradables consecuencias, para luego caer en tardíos arrepentimientos. Provocamos con frecuencia escenarios nada positivos: Nuestra familia se pelea, mamá le dice algo ofensivo a papá, papá en ocasiones no es atento con mamá, los hermanos discutimos por tonterías, a veces insultamos a un amigo, o hacemos mal nuestras obligaciones, o desordenamos nuestra vida de muy diversas maneras.
Otras veces cometemos tantos errores que sólo podemos sentarnos a llorar, porque ya no sabemos que más hacer para corregir el rumbo de nuestra vida.
Justo entonces es cuando Dios nos toma en brazos, nos perdona y nos demuestra que nos ama, sin importarle que pueda ensuciarse con nuestra suciedad.
Por eso, por el simple hecho de habernos equivocado, no debemos dejar de preparar el desayuno para Dios o para alguien. Tarde o temprano lo lograremos, y Dios estará orgulloso de nosotros, porque no nos dimos por vencidos.
Podemos, si queremos, ser mejores personas, mejores hijos de Dios.

