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EL RESPETO A LOS PADRES

Así, les debemos a nuestros padres todo el respeto y veneración posibles. Por ellos nos ha venido la vida. Ellos han recibido de Dios la autoridad sobre sus hijos durante su formación. Ellos son los que alimentan y cuidan y enseñan a los hijos, a tiempo completo, de día y de noche, todos los días del año, hasta que van madurando. Por todo esto es que los hijos, después de Dios, es a los padres a quien deben más gratitud y respeto. Son su primer prójimo, su prójimo más cercano, el primer mandamiento de los siete que se refieren al prójimo. (Cuarto de la ley de Dios).

Pueden ser - y es conveniente que así sean - muy amigos los hijos de los padres, pero no por eso debe de disminuir el respeto a las cosas de Dios, que finalmente eso son los padres en la tierra: los representantes de Dios y la forma en que la providencia de Dios se ejerce sobre los hijos.

El respeto a los padres es, además, piedra angular en nuestra sociedad. La sociedad es como una gran familia, donde las diversas autoridades tienen la dignidad paternal y los ciudadanos deben tener un respeto filial. Si se pierde ese respeto, se pueden resquebrajar los fundamentos de la sociedad. No es raro observar, en la mayoría de los países en la actualidad, faltas de respeto increíbles: Se hace burla, abiertamente, de las autoridades civiles incluyendo el presidente, y, por otro lado, la gente, para manifestarse, se desviste parcial o totalmente en la calle, y caminan marchan - muy ufanos, sin el menor pudor. Más que ser libidinoso ese acto, da pena ver la falta de respeto hacia la sociedad y a ellos mismos. Todo este fenómeno social se inició o tiene una fuerte relación, con la falta de respeto a los padres en las familias, a los maestros en las escuelas, a los jefes en los trabajos, a los policías en las calles. Por último, no quiero dejar pasar, algo importante; ustedes me podrían decir: "Más que respetar, debemos los hijos amar a nuestros padres ya que si hay amor, hay respeto".

A lo que yo respondería: sí y no. Sí, en cuanto a que lo que se ama de verdad, intensamente, se cuida, se venera, no se le quiere hacer el menor daño y por lo tanto se respeta. Pero no es lo mismo. Dios no dijo en el cuarto mandamiento: amar a tus padres sino honrarlos. Por supuesto que la mayoría de nosotros amamos a nuestros padres y tachamos de ser un malvado al que diga que no ama a su madre, por ejemplo. Pero Dios que nos conoce mucho mejor de lo que nosotros creemos conocernos, nos puso una meta más alta y justa que la de sólo amarlos. Porque honrar es respetar a una persona que consideramos superior, es venerarla, reverenciarla, acatarla, enaltecerla, premiarla. Se le puede amar o no, pero se debe honrar. Y ese es el mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre. No depende de cuánto quieras a tus padres el honrarlos más o menos. No depende de que tan buenos o malos sean o hayan sido. La falta al mandamiento es no honrarlos. Por eso estoy parcialmente de acuerdo con ustedes, amables lectores, si es que así opinaban. Si bien, es mucho más fácil respetar a quien mucho se ama, no siempre se respeta lo que se ama.

Dr. Héctor Guiscafré, Revista Católica