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¿QUE SIGNIFICA SER ESPOSOS?

Juan González
Esto vale para los esposos que cristianamente anduvieron los caminos del noviazgo y llegaron al matrimonio para recibir la bendición de Dios a su amor, el aval divino que ennobleció su unión con el sello del amor que busca la trascendencia en la creación de una familia, en la espera de los hijos que llenan de dicha el corazón, porque con ello se colabora en la obra del Creador.

¿Qué es ser esposos? Parece una pregunta ociosa, pero no lo es en absoluto. Lo expresó bellamente una señora, al decir esto a su marido: Dios me mandó a este mundo con la misión de hacerte feliz; espero lograrlo bien, y cada vez mejor. ¿Qué nos parece?

La alianza matrimonial está ordenada al bien de los esposos, a la generación y educación de los hijos (CIC 1660). El matrimonio perfecciona el amor humano entre los esposos y los santifica en el camino de la vida eterna (CIC 1661). Se funda en el consentimiento de los esposos de darse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo (CIC 1662).

Entonces, ser esposos es despojarse cada uno de todo egoísmo y construir la verdadera comunión de amor, un amor que se exprese en todas sus dimensiones: en donación total, un amor que se profundiza en la unión de la pareja, un amor de intensa amistad.

Es necesario cultivar ese amor tridimensional, casi como un acto de voluntad. Asirse de la mano del Padre, darse a la pareja con un amor incondicional que sigue el modelo divino y hacer que prevalezca esa compenetración que un día fue para los esposos suficiente motivo que los comprometió en su unión ante Dios.

Ese amor no es algo fortuito, sino un asunto que amerita diaria atención. La situación y las circunstancias de las personas cambian, pero el verdadero amor no depende de cosas externas. La mujer pierde su bonita figura, llegan las arrugas y ni el maquillaje más costoso puede disimularlas. El esposo también envejece, le llega la calvicie, las canas, la falta de vigor. Los dos pueden ir perdiendo la vista y el oído, o sufriendo otras formas de disminución que por naturaleza todos, sin excepción, llegamos a sufrir algún día.

Por eso es estupendo lo que dijo aquella señora: Mi misión es hacerte feliz; espero seguirla cumpliendo bien y cada vez mejor. ¡Este hermoso anhelo lo estaba expresando después de cincuenta años de matrimonio! Cuando la pareja se conoció en los primeros tiempos, se vio ante todo unida por una gran amistad, que era motivo de atenciones muy bellas como la palabra amable, la sonrisa dulce, los intereses compartidos, etc. Ellos hicieron de estas atenciones algo habitual y mientras iban pasando los años, mantenían siempre la frescura del primer amor, el mismo trato atento, respetuoso y cariñoso.

Ese amor sólido que hace comunión entre los esposos, porque está enraizado en el corazón, es el único amor real, es el único amor que permanece. Aquel pseudo amor que sólo se finca en la atracción, se acaba. El que pretende persistir por razón de los hijos, cuando éstos se van, también desaparece.

Pidamos a Dios la gracia de amarnos con un amor así y, como esposos, empezaremos a gozar un pedacito de cielo aquí mismo, en la tierra.