JESUS AL CENTRO DE NUESTRA VIDA
Por desgracia, muchas veces traemos la brújula perdida, inclusive desde antes de empezar el desafío de la vida matrimonial. Por caso citamos el de una pareja que al estar planeando su boda ya eligió tal capilla, porque s la más bonita está buscando l mejor coro que cante mejor que el de la boda de Fulanita; pedirá que los reclinatorios sean del mismo color del vestido de la novia y que haya flores del mismo tono en el presbiterio (sería bueno que el oficiante llevara la estola y la casulla de ese mismo color ¿Se podrá?). En fin, es una barbaridad la exigencia que se tiene con todos los signos externos. ¿Por qué ese color? Ah, pues porque mi astróloga me dijo que ese color me traería suerte (uuufff) y además, combinado con el tono del piso que hay en la capilla, se va a ver padrísimo. ¡JESUS NO FIGURA PARA NADA EN LOS PLANES DE ESTA PAREJA! ¡ENTONCES, ESTA PAREJA NO TIENE FUTURO!
La gravedad de no poner al Señor como el centro de todo, se hace visible en parejas que viven una relación constantemente atribulada y casi en todo tiempo a punto del colapso. Su vida (si a ese caos se le puede llamar vida) transcurre entre gritos, pleitos, palabras malsonantes, o cuando bien les va aplicándose la ey del hielo mientras el corazón se les va endureciendo, acartonándose, incapacitándose para el amor. ES EL REFLEJO DE LA AUSENCIA DE DIOS EN LA VIDA DE LOS ESPOSOS.
Otros matrimonios, simplemente ya terminaron lo que empezó casi como un mero experimento. Quisieron ir por su cuenta, pensaron que podían ser como dioses y lo único que consiguieron fue equivocar el rumbo por completo, sin poder llegar a ninguna parte. SOLO DIOS NOS CONCEDE TRASCENDER EN LA VIDA MATRIMONIAL Y FAMILIAR.
Pero, por otra parte, ¿qué se logra si construimos un matrimonio y una familia centrados en Cristo?
Quienes creemos en la centralidad de Jesús como solución para corregir el rumbo de nuestras vidas, estamos convencidos de que llegaremos a buen puerto, porque él nos promete estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Y bueno, pues alguien lo dijo de manera magnífica: uando vamos de la mano con el Señor, el pasado está perdonado, el presente tiene sentido y el futuro está asegurado Esta hermosa convicción vale para cada uno en lo individual, como también en la vida comunitaria que se esfuerza por adherirse al Salvador, y de igual modo cuando lo que anhelamos es un matrimonio sólido y una familia bien cimentada: tomémonos de la mano con Cristo.
Siendo Jesús el que es reconocido como Señor y se le invita a ocupar el sitio central entre los esposos, ninguno busca sobresalir o tener más poder sobre el otro. Esto es un gran paso, pues muchas veces los conflictos se derivan principalmente de una lucha por el poder, sin embargo cuando es el Señor el que va a la cabeza, todos aceptamos que él sea quien ejerza su autoridad sobre nosotros y así eliminamos el insano afán de dominio, así nos hacemos libres. Luego, en la libertad triunfa la armonía, emerge el amor y en un ambiente amoroso se vive la paz.
Estando Jesús al centro, el matrimonio y la familia funcionan bien, sin discordias ni estallidos de violencia, sino según el perfecto orden de Dios.
Hay maneras concretas de avanzar hacia un estado de vida matrimonial y familiar centrado en Jesús. Estas son:
Iniciar y/o fortalecer el hábito de la oración, para sustentar todos nuestros anhelos en la fuerza divina: i Dios no construye la casa, en vano nos afanamos
Cargar con amor la cruz de cada día. Esto muchas veces no lo entendemos bien (y si lo entendemos, fingimos que no), pero indica que tomar la opción por Jesús exige una postura radical. Algunos queremos seguir a Cristo, pero sin renunciar a nuestro egoísmo, esperando que todo se acomode a nuestros gustos y planes personales. Pero Jesús nos invita a seguirlo, buscando realizarnos en la donación de nosotros mismos por amor, que tengamos una sed insaciable de hacer el bien a todos aquellos a quienes amamos. El matrimonio y la familia funcionan, y funcionan realmente bien cuando nos damos a la pareja y a los hijos, en vez de exigir lo contrario.
Retomar las verdades que deben regir nuestros matrimonios y nuestras familias, pues la oferta mundana está cargada de mentiras (Jesús es la Verdad; Satanás es la mentira) no es más que la desviación que lleva a la perdición: La fidelidad no es un mero concepto pasado de moda, sino un grave compromiso mutuo asumido ante Dios como testigo. Los hijos no son una carga económica que conviene posponer, o un mero accidente inesperado, sino el fruto del amor y signos del cumplimiento del plan divino para la familia (desgraciadamente hoy muchas parejas planean los hijos ara después porque lo primero es pagar el carro nuevo o arreglar la fachada de la casa o cualquier otra cosa que nos gratifica mientras vemos a los niños como un estorbo).
Cambiar en nuestra persona para que todo en nuestro derredor cambie. El Espíritu Santo nos ilumina (pidámoslo en la oración) y el sentido común nos indica qué aspectos de nuestra vida necesitamos cambiar para ser mejores esposos, papás, etc. Muchos quisieran ver los cambios en los demás y ellos seguir siendo los mismos. Pero no es así como funciona: la base es conversión

