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EL ROSARIO DE CATÓN
La víspera de la Navidad le mandé 50 rosas a una dama. Luego, cuando la tuve cerca, la llené de piropos. Le dije que era amable y admirable, la llamé Reina, la comparé a una torre, a un trono, a un espejo.

Estoy diciendo que recé mi Rosario en Nochebuena.

Dije 50 avemarías, otras tantas rosas para esa hermosa dama que es la Virgen. Y recité la letanía, engarcé de piropos, amorosa reelección de las bellezas de la más bella entre todas las mujeres.

Tanto me gusta el Rosario que ni siquiera me siento hipócrita al rezarlo. Es como una serenata ante el balcón de una Princesa, sólo que esa Princesa tiene por balcón al cielo, y en la tierra un escabel para apoyar el pie.

Yo soy su enamorado. Digo su nombre al despertar y otra vez lo pronuncio por la noche en el umbral del sueño. En mis moradas tengo su retrato, su varia imagen tan infinitamente femenina. Guadalupe, Socorro, Carmen, Luz, Esperanza, Concepción, Lourdes, Paloma, Nieves, Soledad...

La más grande oración, nadie lo duda, es la del Padre Nuestro. El propio Jesús nos la enseñó. ¿Puede haber plegaria más alta? Más alta no, pero más bella sí. Por eso los músicos le siguen poniendo música a la preciosa letra que pronunció el arcángel: Ave María, gratia plena.   lea más
EN BÚSQUEDA DE LA SIMPLICIDAD
Cuando Ketu completó doce años de edad fue enviado a un maestro, con el cual estudió hasta completar sus veinticuatro. Al terminar su aprendizaje, volvió a su casa lleno de orgullo. Su padre le dijo:

- ¿Cómo podemos conocer aquello que no vemos? ¿Cómo podemos saber que Dios, el Todopoderoso, está en todas partes?

El chico comenzó a recitar las Escrituras Sagradas, pero su padre lo interrumpió: - Esto es muy complicado; ¿no existe una forma más simple de aprender sobre la existencia de Dios?

- No que yo sepa, padre mío. Hoy en día soy un hombre culto, y necesito de esa cultura para explicar los misterios de la sabiduría divina.

- Perdí mi tiempo y mi dinero enviando a mi hijo al monasterio - se quejó el padre. Y cogiendo a Ketu por las manos lo llevó a la cocina. Allí llenó una vasija con agua y mezcló un poco de sal. Después salieron a pasear por la ciudad.   lea más
YO QUERIA ENCONTRAR A DIOS
El hombre llegó extenuado al monasterio, y se dirigió al padre: - Llevo mucho tiempo buscando a Dios - dijo. - Quizás usted pueda enseñarme la manera correcta de encontrarlo.

- Entra y mira nuestro convento - dijo el padre, tomándole de la mano y conduciéndole hasta la capilla. - Aquí están las obras de arte más bellas del siglo XVI, que retratan la vida del Señor y Su Gloria entre los hombres.

El hombre aguardó, mientras el padre explicaba cada una de las hermosas pinturas y esculturas que adornaban la capilla. Al final, repitió su deseo: - Es muy hermoso todo lo que he visto. Pero me gustaría aprender la manera más correcta de encontrar a Dios.

- ¡Dios! - respondió el padre. - Lo has dicho muy bien: ¡Dios!

Y llevó al hombre hasta el refectorio, donde estaba siendo preparada la cena de los monjes.

- Mira a tu alrededor: dentro de poco será servida la cena, y estás convidado a cenar con nosotros. Podrás oír la lectura de las Escrituras al tiempo que sacias tu hambre.   lea más
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