La víspera de la Navidad le mandé 50 rosas a una dama. Luego, cuando la tuve cerca, la llené de piropos. Le dije que era amable y admirable, la llamé Reina, la comparé a una torre, a un trono, a un espejo.
Estoy diciendo que recé mi Rosario en Nochebuena.
Dije 50 avemarías, otras tantas rosas para esa hermosa dama que es la Virgen. Y recité la letanía, engarcé de piropos, amorosa reelección de las bellezas de la más bella entre todas las mujeres.
Tanto me gusta el Rosario que ni siquiera me siento hipócrita al rezarlo. Es como una serenata ante el balcón de una Princesa, sólo que esa Princesa tiene por balcón al cielo, y en la tierra un escabel para apoyar el pie.
Yo soy su enamorado. Digo su nombre al despertar y otra vez lo pronuncio por la noche en el umbral del sueño. En mis moradas tengo su retrato, su varia imagen tan infinitamente femenina. Guadalupe, Socorro, Carmen, Luz, Esperanza, Concepción, Lourdes, Paloma, Nieves, Soledad...
La más grande oración, nadie lo duda, es la del Padre Nuestro. El propio Jesús nos la enseñó. ¿Puede haber plegaria más alta? Más alta no, pero más bella sí. Por eso los músicos le siguen poniendo música a la preciosa letra que pronunció el arcángel: Ave María, gratia plena.
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